Saturday, December 29, 2007

L O INAUDITO DE LA NAVIDAD

Here is a weekly column by Dr. Mario Ramos Reyes published in Latin America in newspapers and sponsored by ADEC (Asocciation of Catholic Bussinessmen).

Las cosas pasan, viven, las personas sufren, las generaciones vienen y van. La nostalgia de una vida perdurable es el deseo íntimo, razonable, marcado en el corazón humano. ¿Quién pudiera conocer los secretos de la vida? ¿Acaso es posible entender, siquiera de manera limitada, el sentido de la historia humana? El vértigo de la finitud de la existencia, hace que los seres humanos no sean felices. No lo sean de manera plena. Hay algo que se echa de menos.

No ha sido novedad, entonces, que dicho deseo y asombro haya desatado una miríada de respuestas. Así ha ocurrido desde el inicio del tiempo; es la experiencia, nuestra experiencia, de exiliados en un cosmos que nos es cercano pero, al mismo tiempo, extraño, inhóspito refugio, de nuestra humanidad que quiere saber. No es de extrañar, es una razón que se ha vuelto loca, que el Misterio infinito, aquel secreto que daría la clave de la vida, nuestra vida, y la historia, nuestra historia, hayan venido a contárnoslo. ¿Quién pudiera habérselo imaginado? Sí, habían algunos, poetas o filósofos, que presentían la nostalgia del deseo, como Platón soñaba con que el dios se revelase, pero nadie entrevió el cómo, la manera insólita, inaudita de revelarse el misterio. Pero también los hombres sencillos, los hombres de la "calle," esperaban.

Lo que nos cuenta Lucas en el capítulo 2 de su Evangelio: Lo que nos cuenta Lucas en el capítulo 2 de su Evangelio: "Hoy ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor – dice un Ángel que se aparece a unos pastores". Pero si la historia ya de por sí era difícil de creer –no era muy razonable el anuncio sin verificación previa- prosigue Lucas diciendo: "como señal, encontrarán ustedes un niño envuelto en pañales y acostado en un establo". Pero ahí estaba lo inaudito; la pretensión de que lo infinito, el Mesías, apareciera envuelto en pañales, en un establo ¿Cómo se podía justificar? Era lo extraordinario, muy lejano de lo que la gente imaginaba; demasiado insólito, infrecuente para ser verdad.

Y para colmo, lo inusitado del hecho es que la infinitud de ese Misterio nace una noche determinada, de unos padres determinados, en una ciudad determinada y, al mismo tiempo, quiere dar sentido a ese caminar histórico dando una respuesta a ese deseo de perduración del corazón humano. ¿Cómo creer en semejante locura? ¿Cómo creer, depositar la esperanza en una realidad, en alguien que conseguirá lo que uno desea en semejante situación? ¿Como darnos cuenta que ese Dios, que deseamos y aspiramos ponga límites al absurdo del mundo, se hizo carne, y habitó –aún lo hace– entre nosotros? Yo estoy persuadido que es por pura gracia; no es mérito nuestro, es un don, regalo, por lo menos no es mérito mío ciertamente ni aún es producto de mi reflexión filosófica, aunque haga de la misma una vocación y modo de vida.

Creo que ese es un punto fundamental de ser cristiano: se es cristiano sin merecimientos, por lo que echar en cara a los que no lo son, como si fuera un error o un mal en sí, es no darse cuenta de la misericordia de Cristo. El Dios que se encarna en Belén ya no se esconde de nosotros, esta ahí: nos completa, nos colma, nos llena.merecimientos, por lo que echar en cara a los que no lo son, como si fuera un error o un mal en sí, es no darse cuenta de la misericordia de Cristo. El Dios que se encarna en Belén ya no se esconde de nosotros, esta ahí: nos completa, nos colma, nos llena. Pero si no es cuestión exclusiva de razonamientos, y si es un regalo, ¿cómo hacer para recibir ese presente que sacie nuestro apetito de eternidad, deseo de ser felices, de no morir? Sólo tenemos que pedir. Que se dé en nosotros ese momento de encuentro con lo inusitado, lo inaudito, un momento fechado, con nombres y lugares. Con Cristo que está aquí entre nosotros. Que se dé la Navidad en nosotros, dejando nuestro modo de exigir explicaciones sobre el por qué de nuestras miserias, por la de pedir como mendigos que reciben lo que le dan, del pordiosero, pobre, que pide porque sabe que está enfermo, limitado, abandonado, ajeno al poder, huele mal y la gente le rehuye. Y aún así, pide; pues sabe, que no es ni ha sido dueño de su destino. Como los pastores –como nos finaliza contando Lucas– que regresaron dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían visto y oído. ¡Feliz Navidad!

Artículo publicado el 22 de diciembre de 2007 en el Diario Ultima Hora

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